¿Qué estamos perdiendo por vivir siempre conectados?

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por José Luis Orihuela

 

Aunque la hiperconectividad sea el sino tecnológico de los tiempos que corren, hay que aprender a reconocer los peajes culturales que pagamos por vivir siempre conectados.

 

No se trata de demonizar a los teléfonos, ya convertidos en prótesis sociales, sino de reflexionar acerca de las cosas valiosas que nos estamos perdiendo mientras los utilizamos.

 

La mirada

Los dispositivos móviles han secuestrado nuestra mirada. La pantalla del teléfono inteligente atrapa nuestra vista y concentra nuestra atención, alejándola del mundo circundante y de los demás.

Miramos a través del celular fotografiando una realidad que no hemos aprendido a observar y nos miramos a nosotros mismos usando al móvil como espejo para una selfi interminable.

 

La distancia

Las redes sociales nos han puesto a un clic de distancia de todo el mundo y eso, por lo general, es demasiado cerca como para poder mantener un poco de intimidad.

Sin distancia no hay respeto, no hay misterio, no hay espacio personal. Toda la vida compartida en las redes pasa a ser territorio sin barreras para mirones, stalkeadores y vigilantes.

 

El tiempo

Los celulares han acabado con los tiempos muertos, con el tiempo lento y con las horas juntas. Las esperas y las pausas se han convertido en tiempos de conexión y se han perdido como tiempos para contemplar, para pensar o para crear.

Las horas juntas, imprescindibles para cualquier trabajo valioso, se ven pulverizadas por notificaciones insustanciales o consultas recurrentes.

 

El silencio

La conectividad permanente funciona como una conspiración contra el silencio. Siempre hay música, notificaciones, alertas, llamados, vídeos o mensajes de voz dispuestos a liquidar cualquier atisbo de silencio que quedara a lo largo del día.

Ya hay mucha gente que no concibe trabajar, correr o pasear sin estar escuchando música o podcasts. Los omnipresentes auriculares blancos son la bandera de la hiperconectividad.

 

La soledad

Tener a todos nuestros amigos a un clic de distancia es una tentación demasiado grande como para renunciar a ella. Las redes sociales explotan nuestro miedo ancestral a la soledad y nos vuelven cada vez más incapaces de estar solos.

Hemos convertido a los celulares en una forma de anestesia para la soledad.

 

El pensamiento

Interactuar con otros usuarios en redes sociales mediante dispositivos móviles tiende a convertir a la comunicación en un ejercicio que privilegia la velocidad de la reacción frente a la profundidad de la reflexión.

El uso de emoticons, la facilidad del “Me gusta” y las opciones de reenvío de mensajes, ayudan a la viralización de contenidos aupados por impulsos, emociones y opiniones instantáneas.

 

El conocimiento

En este contexto, no es casualidad que posverdad se haya convertido en la palabra del año 2016, o que la revista Time haya dedicado una portada a preguntarse si la verdad había muerto (Is Truth Dead?) en 2017.

Ocurre que, la exposición permanente a un timeline que amplifica los prejuicios del usuario y cuyos contenidos son valorados en cuanto titulares con gancho, deja cada vez un margen menor para comprender la realidad y saber dar razón de ella.

 

La conversación

 Aunque “la conversación” fue la gran metáfora de la interacción en internet desde la publicación del Manifiesto Cluetrain en 1999, lo cierto es que las redes sociales se han convertido en espacios en los que cada vez resulta más difícil articular conversaciones de calidad.

Paralelamente en el mundo físico, las interrupciones generadas por los dispositivos móviles acaban por convertir a cualquier conversación en una batalla por mantener la atención de nuestros interlocutores.

 

La autoestima

Nos hemos vuelto adictos al reconocimiento de los demás. La hiperconectividad no solo facilita exponer nuestra vida en tiempo real, sino que convierte a los “likes” de nuestras comunidades de referencia en la nueva medida de la felicidad.

La satisfacción intrínseca que deberían deparar muchas actividades y logros, se ve ahora mediatizada por la cantidad de respaldo que hayan obtenido en las redes.

 

El futuro

Frente a la totalización del presente en el imperio del tiempo real, corremos el riesgo de perder la capacidad de diseñar nuestro futuro, que es el tiempo del proyecto, la promesa y confianza.

Nos hemos vuelto impacientes. Lo que ahora importa, como reza el título del bestseller de Gary Hamel, no puede ser lo único que importa.

 

***

Sin despreciar las ventajas de una conectividad que se ha vuelto irreversible, deberíamos proponernos el ejercicio de realizar desconexiones periódicas voluntarias para recuperar algo de lo que la hiperconectividad se está llevando por delante. Hay que desconectar más para conectar mejor.

 

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José Luis Orihuela es Doctor en Ciencias de la Información y profesor en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra (Pamplona, España). Como conferenciante y profesor invitado ha desarrollado actividades profesionales en 26 países. Ha sido consultor de comunicación del Banco Mundial y codirector del Congreso iRedes. Es autor de Los medios después de internet (2015), Mundo Twitter (2011), 80 claves sobre el futuro del periodismo (2011) y La revolución de los blogs (2006).

 

Email: jlori@unav.es – Blog: ecuaderno.com – Twitter: @jlori – Medium: medium.com/@jlori

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