¿Tu pareja te ha sido infiel? No todo está perdido, perdonar es posible

Marido poniendose corbataPor Ana Margarita Moreno de Giraldo

Hoy recibí un whatsapp de una persona conocida: “Por favor ayúdame. Descubrí la infidelidad de mi esposo el pasado fin de semana y ayer nos separamos. Tengo dos niños.” Inmediatamente pienso: ¿Hecho cumplido? ¿Esto debería funcionar así, como uno más uno dos, o hay mucho que hacer antes de tomar semejante decisión?

El matrimonio implica heridas, traumas y cicatrices. En cualquier estado hay dificultades. La vida es dura. El dolor está asegurado, pero Dios nos quiere felices a pesar del sufrimiento propio de la vida.

En el matrimonio se generan heridas porque se unen dos personas distintas en sus temperamentos, educación, valores, genética, sexo, con sus miedos, sus sueños, sus virtudes y sus vicios. Hay una interrelación muy estrecha, hay historia entre los dos, hay una gran interdependencia emocional: dependes de mí, dependo de ti.  Se van  conociendo profundamente, lo cual es muy bonito y positivo, pero también puede ser un arma de doble filo porque en los malos momentos ambos saben cómo herirse. Conocen sus puntos débiles y tienen las historias pasadas para sacar a relucir, para atacar o para defenderse. Además están los hijos que unen, son un regalo inmenso de Dios, pero en determinados momentos también originan roces y conflictos.

Así y todo, el matrimonio es un estado maravilloso y sagrado. Es una relación que nos compromete totalmente y que merece ser cuidado con todo el esmero y la energía. Merece perdonar y pedir perdón una y otra vez, lo cual no significa humillarse. Tener paciencia, y sobre todo, ser inteligente. Actuar en los momentos de crisis con mucha mesura, sin dejarse llevar por la emotividad o por los esquemas culturales típicos y facilistas: “no te dejes molestar; véngate; dónde está tu orgullo; no te aguantes eso; tira la toalla; la vida sigue y puedes rehacerla; no serán los primeros ni los últimos que se separan ni son los primeros hijos de papás separados…” Todo eso es fácil decirlo, pero cuando soy yo, cuando es mi matrimonio, cuando son mis hijos y nuestras vidas y hay valores por encima de todos esos esquemas, el asunto deja de ser tan simplista.

Tenemos cicatrices en la piel. Resultado de nuestras caídas y tropiezos, de nuestras torpezas infantiles, de los empujones adolescentes. Heridas que dolieron y sangraron y luego cicatrizaron. Esos son los recuerdos y las memorias de los traumas físicos. Pero no nos impiden caminar y correr, si lo queremos. De igual manera, todos tenemos recuerdos amargos del pasado: padres maltratadores, compañeros que nos humillaron, relaciones amorosas llenas de dolor. Pero el pasado no tiene por qué regir nuestro futuro. Esas cicatrices emocionales no deberían impedirnos ser felices ni madurar de una manera sana. El problema viene cuando nos atamos esas heridas al tobillo como una bola de cemento que no nos permite andar por la vida con libertad. Destruir ese cemento no es posible, pero sí lo es cortar la cadena y seguir adelante, ¡volar! asumiendo que el pasado no se puede cambiar ni en el más pequeño de los detalles.

Las heridas en el matrimonio más delicadas, que exigen mayor cuidado para ser sanadas son el maltrato físico o emocional y la infidelidad.

La infidelidad es una fractura y se comporta como tal: se suelda como lo hace un hueso dejando una cicatriz. Y a veces duele. Las fracturas óseas duelen con el frío, las emocionales también: cuando la relación está mal, cuando se nota en el otro un cambio en el trato, en el estado de ánimo, cuando no contesta el teléfono, cuando le pone clave secreta al celular y no lo abandona ni un minuto… Hay dos factores que van sanando cada vez más esta cicatriz: un buen tratamiento y el tiempo. Los dos juntos son necesarios. La cicatriz siempre estará ahí pero con paciencia y buena voluntad de ambos, las cosas mejorarán. Y esta es otra característica fundamental para sanar: la fractura es de los dos. La manejan ambos, se curan ambos, perdonan ambos. El agresor no puede decir: ya pasó, no se repetirá, paso la hoja y si te duele de nuevo, no es asunto mío. Se ha formado un binomio: Fidelidad-Confianza, Infidelidad-Desconfianza. Y el tratamiento es asunto de ambos. La confianza la genera quien generó la desconfianza y estará atento para volver a consolar, a tranquilizar, a sanar lo que se ha enfermado.

La infidelidad funciona igual a un suiche de la luz y un foco que están unidos por un cable eléctrico. Antes, cuando la confianza no estaba vulnerada, no existía esa conexión. Si el otro estaba “raro”, no se asociaba con la posibilidad de la infidelidad. Una llamada perdida, una respuesta vaga, un chat, podían no significar nada y no despertaban sospechas. Pero una vez instalada la conexión cada vez que se presiona el suiche, la luz se encenderá. Y eso es un asunto de los dos.

Andrés y Cata pasaron por una crisis de infidelidad. Se ha enmendado, se ha pedido perdón, se ha perdonado, se han reconocido los errores de parte y parte; la tercera persona ha quedado absolutamente por fuera. Pero llega la postguerra. Casi tan dura como la guerra. Andrés entiende por fin que sí es muy grave lo que pasó. Está dispuesto a cuidar la herida en el día a día y a intensificar el cuidado cuando lleguen las dudas, el dolor, la inseguridad. Andrés dice: “definitivamente, esto es de los dos. Yo fallé gravemente y las consecuencias en Cata son tan de ella como mías. Debo asumirlas. Reconozco que yo soy el origen de su inseguridad, inestabilidad y de sus celos que no estaban antes. Ahora ella y mis hijos conocen la clave de mi celular. No tengo nada que ocultar. La llamo y le escribo más a menudo. Soy más cariñoso y cercano. Cuando noto que se siente mal, me aseguro de que siempre sepa dónde estoy, evito citas de trabajo o de amistades por fuera del horario ordinario. La llamo cuando me voy a tardar, en fin, me las ingenio para que esté tranquila, porque se lo merece y porque me merezco su desconfianza. Veo que se tranquiliza, que recobra seguridad. Y seguimos adelante, con paciencia y fe, porque no quiero perderla. Porque ahora la valoro más que nunca por la altura e inteligencia con la que ha sabido manejar mi torpeza y mi error. ¿Cuanto tiempo estaré pendiente de esta herida? No tengo idea. Sé que no será poco. Sé que es algo profundo que sanará, pero necesita mucho tiempo. Si el resto de la vida juntos debo cuidar este punto débil de nuestra relación, lo haré. No es tan difícil. De hecho es bastante simple. Y demostrar transparencia es muy sano. Agrego que mis precauciones personales frente al riesgo de “enredarme” con alguien así sea de manera fugaz, me han quedado más que claras. Como la conciencia de mi posibilidad de fallar que debo tomarme muy en serio, por eso me cuido al máximo.  Cero riesgos. Tengo una actitud de hombre casado de modo que si a alguna mujer se le pasa por la cabeza tener algo conmigo, de entrada captará que es inútil. No me voy a viajes de trabajo solo con una colega, no me siento a tomar café o un trago o a comer solo con una mujer. Algunos me dicen que estoy exagerando. Pero es que yo ya viví ese infierno a nivel personal y matrimonial y no me quedaron ganas… no me parece exagerado, lo contrario es ingenuidad. Para tomarme un trago, un café o salir a cenar, puedo hacerlo con más personas y si hay algo de trabajo, para eso está la oficina. Quiero tener la “valentía de ser cobarde”. No más, no me arriesgo más. Mi vida, nuestra vida, están en juego. Vale la pena…”

El corazón tiene cicatrices. Unas más hondas, otras menos. Pero necesariamente una vida juntos con todas sus implicaciones, conlleva heridas. Eso no implica que seamos infelices y vamos por la vida cargando un enorme peso.  Es sano aprender a vivir con las cicatrices del corazón, asumir el pasado y seguir adelante “haciendo lo que hay que hacer” con inteligencia y voluntad.

La prueba: no podemos andar por una camino pavimentado igual que lo haríamos por una trocha o montaña arriba. Si el camino se hace más difícil, es necesario buscar recursos nuevos para recorrerlo. Si hemos vivido bien, con dificultades pero nos hemos amado, hemos compartido muchas ratos de ternura y generosidad, de alegría por los hijos, el trabajo, el descanso, no es justo ni con nosotros ni con el otro y menos con esos hijos, que nos “rajemos en la prueba”. Es hora de sacar toda la energía, la buena voluntad, los recursos físicos, espirituales, emocionales. Buscar ayuda y luchar confiados en el Señor que nunca nos abandona ni nos falla. Somos los hombres los que fallamos.

Para manejar la crisis. Es importante recordar cómo funciona un sistema. Hay unos insumos, un proceso y un producto. Cuando cambiamos los insumos o el proceso, el producto obligatoriamente cambia. Si doy un giro en mi actitud, si cambio mi manera de responder a una actitud del otro con una actitud más pensada, más medida, más inteligente, habrá un cambio para bien, aunque no sea inmediato. Inteligencia y estrategia. Esas son las claves. El cómo hacerlo merece un trabajo personalizado, porque hay mucha tela para cortar…

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