Nacer en el corazón

Por Alicia Molina E.

Como traídos por la cigüeña , llegaron Mariana y Martín a la casa de sus padres. El matrimonio de Julia[1] y Sergio llevaba mucho tiempo buscando un bebé. Lo que no sabían era que a Nana (como la llaman ellos cariñosamente), la cigüeña la dejaría en La Casita de Nicolás donde ellos podrían ir a recogerla. Mariana y Martín, como les cuenta su madre, “no nacieron de la barriga, sino del corazón”.

Un día de abril, después de una larga lucha por tener un hijo, Julia decidió llamar a La Casita de Nicolás, donde le dieron una cita para la semana siguiente, el 12 de abril de 2000. Ella cuenta que el día de la llamada iba en el carro escuchando música y de pronto sonó una canción que no había oído antes, era Milagro de abril de Alberto Plaza.  Explica que la canción fue su última prueba. Nueve años después, declara: “Nuestra Mariana es un milagro de abril”. El proceso de adopción fue increíblemente rápido, ya que por lo general tarda aproximadamente de un año y medio a dos años; en el caso de Mariana fueron “sólo cinco meses de embarazo”, comenta Julia entre emocionada y sorprendida.

Mariana entró a la Casita de un día de nacida, Claudia Méndez al verla dijo: ¡ésta es Mariana!”. Claudia Méndez, psicóloga y directora administrativa de La Casita de Nicolás, trabaja allí desde hace 30 años. Julia dice que ella y los miembros del hogar tienen “una iluminación especial” para saber a qué familia pertenecen los bebés. “Es una cosa muy impresionante porque hacen parte de todo un engranaje entre el Cielo y la Tierra. Es muy común que los hijos adoptados se parezcan a uno de los padres, ¡es una cosa increíble!”.

La Casita de Nicolás en Medellín, Colombia es actualmente el hogar de 53 niños de cero meses a doce años. Cada grupo tienen asignadas unas actividades especiales. Los de cero meses tienen la rutina normal y algunos ejercicios de estimulación; los lactantes mayores tienen actividades más recreativas y juego libre; por último, están los pre-escolares de dos a cinco años y los escolares de cinco en adelante.

El 22 de septiembre de 2000 llamaron a Julia y a Sergio, ella es docente y él, abogado. El matrimonio, junto con muchos miembros de la familia: tías, tíos y sobrinos, que esperaban ansiosos la llegada de la nueva integrante, salieron para La Casita de Nicolás (ubicada una cuadra arriba de la Clínica del Prado). “La entrega de un bebé es todo un acontecimiento”, explica Julia. Cuando llegó Mariana a su nueva casa, la encontró llena de flores y regalos de todos los amigos de la familia que habían vivido la  espera.

“Unos momentos antes, nos hicieron una corta preparación y preguntaron si queríamos saber algo sobre la madre biológica y el embarazo,  entonces yo fui muy clara y dije: ‘Acepto a mi bebé, con su pasado, su presente y su futuro’”, continúa Julia; agrega que no le interesa saber nada sobre la madre biológica de sus hijos, aunque en los cumpleaños de los niños reza mucho porque se imagina que todavía debe ser difícil para ellas. Sin embargo, explica que desde ese momento es como si se cortara el vínculo porque además en el sentido legal es como si naciera un nuevo bebé y el nombre cambia. “Yo simplemente entiendo que ella fue el medio por el cual Dios entregó mi chiquita o mi chiquito”.

La madres biológicas llegan a La Casita de Nicolás buscando apoyo, normalmente tienen entre 22 y 33 años, según Claudia Méndez. En La Casita se les hace un acompañamiento psicológico y social, además, cada una tiene un defensor legal que las informa en cuanto a las implicaciones de la adopción. Muchas veces, si lo requieren, se les busca un refugio.

 A Julia le cuesta encontrar las palabras para expresar la inmensa felicidad que sintió al ver a su hija por primera vez. “Imagínate haber pasado siete años de matrimonio, con esa lucha tan tenaz, cada prueba de embarazo negativa y luego tener a esa cosita en tus manos, que va a depender completamente de ti. Entonces, se te olvida si llegó a la barriga o si no llegó a la barriga, porque ya la tienes contigo”. Así fue como el hogar de Sergio y Julia recibió al bebé que tanto habían estado esperando.

“Por eso es tan triste pensar en el aborto, porque estamos dejando muchas familias sin sus hijos. No sólo es esa madre, esa decisión implica muchas personas”, dice Julia.

Dos años más tarde la cigüeña volvería a presentarse, esta vez con Martín, en La Casita de Nicolás. Este centro de adopción existe desde 1978 por iniciativa de un grupo de matrimonios que se dieron cuenta de las malas condiciones en que se entregaban los niños para la adopción. Por otra parte, Nicolás Betancourt fue un niño que murió por un accidente en el Club Campestre y el hogar tomó el nombre en su honor. Fue fundado por 22 personas en total y a lo largo de estos años ha entregado en adopción a 1600 niños.

“Yo siempre supe que no quería dejar a un hijo único, quería tener unos cuatro y por eso decidimos adoptar otro”. La historia de Martín fue distinta porque ellos habían pedido una niña que se llamaría Sara María, pero la vida volvería a darles una sorpresa y en la ecografía se darían cuenta de que no era una niña, sino un niño.

Esa Navidad (2003), Nana ya tenía dos años. “Todas las navidades vamos a La Casita a dar regalos a los niños que todavía no han sido adoptados”. Julia, con Mariana en brazos, se acercó a la sala cuna y en la parte donde estaban los neo-natos, vio un bebé peludito y sintió algo que la impulsaba a acercarse. Cuenta que Claudia Méndez, la directora del hogar, la miraba desde lejos pensativa. Los llamó a los dos y les preguntó qué habían pensado y ellos respondieron que estaban esperando a Sara María. No obstante, Julia en el fondo del corazón sentía que ahí iba a pasar algo que no se esperaban. Claudia habló con ella un rato y le dijo que había llegado el nuevo hermanito de Mariana.

Después de esa visita, Julia se quedó inquieta y lo comentó con su hija Mariana. Al preguntarle a la niña qué sentía si no llegaba Sara María, sino un niño, respondió claramente que a ella no le importaba porque era su hermano. Desde ese momento empezaron a pedir a Martín, fue como si hubiera cambiado la ecografía y así se lo explicaban a la junta, a quienes no les convencía la idea de entregarles el bebé.

Un proceso de adopción es más complicado de lo que se pensaría. Claudia Méndez explica que los padres pasan por tres fases diferentes: “La primera es informativa, desde el punto de vista legal, emocional, social. Se les cuenta lo que implica la adopción y se hace una confrontación para ver qué tan elaborada tienen su infertilidad. Luego, pasan a la parte evaluativa donde se les hacen estudios psicológicos, sociales, médicos y se buscan sus antecedentes penales. Por último, está la fase de preparación; cuando ya las familias fueron aprobadas para la adopción reciben una mejor preparación para afrontarla y saber explicar a sus hijos que son adoptados.

Pasado un mes, una Navidad muy dura para la familia Gutiérrez González por la lucha para recibir al nuevo integrante, después de haber escrito varias cartas, por fin recibieron a Martín. A Julia aún se le ve conmovida y agradecida por el regalo que son sus hijos. “Una vida siempre va a tener una misión” y es por eso que “la adopción es una opción del amor de quien te respeta la vida y quien te entrega a una familia que te va a querer para siempre”, concluye Julia su historia. Una historia que, como muchas de este estilo, es un testimonio de un sí a la vida.



[1] Algunos nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los entrevistados

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